Adolescentes, drogas y delito

 

Adolescentes, drogas y delito
Lic. Armando David Prieto Limón.
Juez Especializado en Justicia para Adolescentes del Tribunal Unitario de Justicia para Adolescentes.
Estado de Morelos, México.

Gráfico del nuevo edificio del Tribunal de Justicia para Adolescentes del estado de Morelos

Adolescentes, drogas y delito. Tres temas que vistos individualmente encierran enorme trascendencia y gran complejidad, pero que amalgamados y considerados como una problemática unitaria, representan un desafío enorme para el estado y la sociedad. ¿Soluciones? … ¡Seguro que si!

Quien escribe estas líneas se desempeña como juez de adolescentes en el Estado de Morelos en México, desde hace ya ocho años y para quien los citados tres temas, son triste cotidianeidad.

Con el devenir del tiempo he visto desfilar por la sala de audiencias del juzgado, un número importante de jóvenes que han entrado en conflicto con la ley penal, en muchos casos por el consumo de drogas y en otros por involucrarse en actividades en relación a éstas.

Reunión del Secretario General de Gobierno, Magistrada de TUJA y Juez de Ejecución con adolescentes en conflicto con la ley penal en proceso de reinserción

Muchos de estos jóvenes pertenecen a un nivel socio-cultural bajo, provienen de familias disfuncionales o desintegradas, no estudian o trabajan y adolecen de los mínimos satisfactores que la sociedad hoy día nos impone a través de la mercadotecnia; en resumen: carecen de afectos, ocupación y satisfacción personal.

Actualmente la sociedad dicta que para destacar o al menos “encajar” entre nuestros iguales, es necesario poseer vestimenta y calzado de tal o cual marca, tener un teléfono celular inteligente, usar el perfume o la colonia que utilizan los actores famosos o los deportistas de alto rendimiento, etc.  Requerimientos sociales que sin embargo el Estado ha fallado en hacerlos accesibles para todos. El resultado: una sociedad insatisfecha, en donde lo más importante es el dinero y la banalidad; una sociedad en la que los verdaderos valores se hacen hilachas hasta convertirse en una frágil hebra a punto del romperse.

En adolescentes esa situación se agrava: la insatisfacción se convierte en frustración, la frustración en impotencia y ésta última en desesperación.

La desesperación nos puede llevar por cualquier derrotero, sin medir que podemos caer al abismo.

Los jóvenes por tratarse de personas en desarrollo, resienten de mayor forma la imposibilidad de acceso a los referidos satisfactores, ya que al no poder tener lo que otros tienen, se les impide ser aceptados y por ende satisfacer su necesidad de pertenencia; lo que sumado al abandono familiar y a la ausencia de afecto que muchos padecen, los conducen a “llenar esos vacíos” con el consumo de sustancias que los evaden de su realidad o bien a involucrarse en actividades criminales que les abren las puertas al “dinero fácil”. Es verdad que el dinero no compra la felicidad, pero si distrae la vacuidad de la vida cotidiana.

A mediados del año pasado (2015), tuve la fortuna de ser invitado a una capacitación en relación a los tribunales para el tratamiento de adicciones que brindó la Secretaría Ejecutiva de la CICAD/OEA a servidores públicos relacionados con la procuración e impartición de justicia.

Con honestidad reconozco que cuando se me informó del curso, desconocía totalmente sobre el tema; el nombre: “Tribunales para el Tratamiento de Adicciones”, lo encontraba extraño y ajeno al concepto de lo que es un tribunal y sus funciones, sin poder entender el punto de encuentro que podría existir entre éste, es decir un órgano impartidor de justicia y las instancias o instituciones a quienes corresponder tratar las adicciones de una persona. Leyes y medicina, a mi entender en ese entonces, dos elementos que no se mezclaban.

Con motivo de la capacitación referida, tuve el enorme gusto de conocer a un grupo de personas que integra una Corte de Drogas en la ciudad de Miami en los Estados Unidos de Norte América, quienes generosamente acudieron a informarnos sobre el tema y a compartir sus experiencias.

Jueza especializada en adolescentes en audiencia

Lo primero que llamó mi atención fue la cohesión inquebrantable del grupo de capacitadores. Sin importar que se trataba de personas de distintas instituciones y que algunos de ellos incluso tradicionalmente sostienen dentro de sus actividades laborales posiciones antagónicas, como el fiscal y la defensora ambos partes del equipo, se apreciaba una fuerte unión, que conforme pasaban los días, entendí estaba basada en el afecto, el respeto y sobre todo en el amor por su trabajo: ayudar a jóvenes adictos, en conflicto con la ley, a recuperar su salud y sus vidas.

Creo que, si alguien es feliz o puede llegar a serlo, lo es este grupo de capacitadores que se muestran plenos y satisfechos al saberse responsables de rescatar a tantos seres humanos.

Es mucho lo que podría decir de la fuerte y positiva impresión que me causaron quienes nos impartieron el curso, todos ellos a mi consideración personas extraordinarias; sin embargo, fue uno de ellos el que mayor huella dejó en mi persona: el juez Orlando Prescott.

El juez Prescott hizo que los participantes de esa capacitación participáramos en una audiencia simulada como las que él y su equipo celebran periódicamente en la Corte de Drogas en Miami y fue hasta ese momento, hasta que resonaron las palabras del juez en mis oídos, que entendí la trascendencia de un juez de la corte de drogas y del baluarte que ésta representa para la sociedad.

En esa audiencia me correspondió personificar al adolescente en conflicto con la ley y por tanto fue a mí a quien el Juez Prescott dirigió sus sabias, firmes, pero al fin también amorosas palabras.

Me preguntó qué me había llevado ahí, frente a él; qué era de mi vida y hacía donde creía que ésta se dirigía; me hizo ver, después de hacerme reflexionar, que quizá el rumbo que había tomado estaba equivocado, pero que, no obstante la adversidad tenía la posibilidad de seguir un camino diferente.

Me habló de mis compromisos en la corte de drogas, me invitó a asumirlos con responsabilidad y decisión, me previno de que podría caer en el camino y me hizo encontrar en mi interior la valentía para saber que cuando eso pasara podría levantarme y si no lo hacía, ahí estaban todas esas personas, las de la corte de drogas, prestas a auxiliarme. Me hizo sentir que no estaba solo y que, no obstante que tendría que responsabilizarme de mis actos, ellos, todo el equipo, me acompañarían en el proceso.

Ante esas palabras y sintiéndome como el personaje que en ese momento yo representaba (el del adolescente imputado), les comparto que sentí un gran compromiso y reto a conquistar, pero también una enorme esperanza; esperanza por ese joven ficticio al que yo personificaba, pero que podría ser uno de tantos que en la realidad enfrentan vidas muy difíciles y que no cuentan con nadie que les tienda una mano, no obstante, su vulnerabilidad y el daño que han sufrido. Entendí que el tribunal para el tratamiento de adicciones puede significar una esperanza para muchos; una esperanza de encontrarse con personas que se interesen en uno y que le ayuden a vencer la enfermedad de la adicción, la desidia, la indolencia y la apatía; la esperanza de que se puede recuperar la autoestima y el respecto por uno mismo y los demás.

Esos jóvenes que en apariencia nadie quiere y a nadie importan, hoy me queda claro que el tribunal para el tratamiento de adicciones les puede brindar cuidados y atenciones y mejorarles la vida; mostrarles que sí importan e invitarlos a tomar “una segunda oportunidad”.

Concluyó la capacitación y entusiasmado por lo que ahí aprendí, decidí cambiar la forma de conducir las audiencias en el juzgado, ahora es distinta, hoy me esfuerzo por comunicarme con los adolescentes imputados, de tal manera que aparezca el milagro de que esos jóvenes y yo, “hagamos contacto” (como lo hizo el Juez Prescott conmigo) y así puedan creer que más allá de la figura del juez que se para frente a ellos, hay una persona de carne y hueso cuya labor es devolverlos con sus familias y a la escuela, ciertos de su valía y de merecer una vida mejor.

Aspiro a que esos jóvenes sepan que esa atención que desesperadamente buscaron, quizá con sus acciones reprobables, al fin llegó y mostrarles que sus tropiezos en el camino no son sino una oportunidad de fortalecerse y revisar el camino andado, para ahora dirigir sus pasos por otro sendero menos accidentado. Después de todo ¿qué es lo que nos hace seres humanos?... precisamente en nuestro libre albedrío; esa capacidad de elegir nuestro destino, de tomar nuestras propias decisiones, de domar nuestra voluntad con las riendas de la razón y la reflexión. ¡Ahí está la superioridad del ser humano, en su fuerza de voluntad!.

Actualmente trabajo en la implementación del tribunal para el tratamiento de adicciones de adolescentes en mi localidad. Espero lograr lo que ese grupo de capacitadores ha logrado hasta ahora, no solo por los jóvenes quienes estoy cierto se beneficiarán con el programa y podrán cambiar su anunciado aparente aciago destino, sino también por mí y por todos los que participaremos en ese proyecto, pues estoy seguro que eso nos permitirá ser mejores seres humanos.

Es cierto: adolescentes, drogas y delito, son un enorme reto. ¿Solución?... ¡Por supuesto!, las llamadas cortes de drogas en otros países y en México tribunales para el tratamiento de adicciones, estoy seguro de que serán una herramienta valiosísima para rescatar a quienes son nuestro futuro: los jóvenes.

Antes pensaba: la ley y la medicina no se mezclan; hoy estoy cierto que no se puede hablar de justicia si no hay salud. Salud del cuerpo y del alma.

Reflexión obligada para los juzgadores.


actualizado el 5/24/2016 5:50:26 PM